jueves, 31 de mayo de 2018

Y el director para qué?

No existe nada más polémico en el arte dramático que el Director. Esa mítica figura de autoridad, más que de arte. Sin duda el más enfermo de la compañía, ese que requiere la mayor admiración, por encima de cualquier diva; ese que de pronto se quiere acostar con sus actrices y actores, según sea la preferencia. Ese ser enfermo, es el que dirige. Bien podría ser el loco del Tarot. Una carta a la que se teme y a la vez necesita. 
Durante la época de Stanislavsky, se creó esta figura de manera ya patente. Ese ruso, era un señor que a los actores, antes de los ensayos les hablaba de la filosofía del teatro, de la filosofía de la historia y de la filosofía del personaje; pura filosofía. Esa era la actividad más apreciada por los aristócratas de la época y el señor era hijo de un aristócrata. A este señor, que por lo regular no se analiza en contexto, sino se le rinde pleitesía y a veces desprecio, se le ocurrió algo increíble. Adaptó una serie de "secretos" iniciáticos con los cuales se iniciaba a los miembros de la logia a la que el asistía. Quería en escena personajes poderosos y seguros, o en su defecto, personajes, que carecieran de estas cualidades, tan apreciadas en aquella época. 

A finales del siglo XIX, la pequeña burguesía ansiaba hablar de filosofía. ¿Por qué? Pues porque en aquella época, aunque no se entendiera nada, hablar de Filosofía era sinónimo de estatus social. Asunto que no ha cambiado mucho, aunque ahora lo que se busca es estatus intelectual, muchas veces para ser reclutado en las filas de la burocracia cultural. 
La brutal necesidad de control sobre los demás, creó al director dictador. Figura emblemática del teatro actuado por masoquistas que requieren un torturador. Si alguien desea ser torturado, puede "intentarla" de actor y después buscar a un director torturador. En México se les dio presupuesto para sus caprichos, se les alabó y hasta veneró. 
¿Pero qué es lo que realmente hace un director?
Te lo digo en la próxima entrega.








sábado, 12 de mayo de 2018

El mundo mágico de Medardo Maza

Conozco a Medardo desde hace años. Me maravilla su capacidad de crear momentos fantásticos. Su personalidad dulce y a la vez irreverente, enmarcada por su sombrero, cautiva de inmediato. Me ha atrapado con sus relatos hablados, los que sabemos dónde inician, aunque no sabemos cuándo ni dónde terminarán.  

Al empezar a leer su relato Hadas en Chapultepec, una obra galardonada. Sin que yo le decida, gracias a tantos momentos que he compartido con Maza, aunque la leo, empiezo a escuchar la historia en boca del autor. Así es la mente.

Al inicio del libro me encuentro con comentarios de autores de varios lugares del Continente. Todos cargados de tecnicismos. Escritores que aún no descubren que escriben para la gente y no para que sus maestros les coloquen una estrellita en la frente. Que injusto analizar a partir de una academia latinoamericana arcaica en sus pretensiones vanguardistas a un autor mágico en sí, producto de su imaginación desbordada y su alma de niño arropada con una poderosa carga intelectual y una gran cultura en mitologías mezclada por el gusto de un niño que ama a los seres mágicos y poderosos.

La obra de Medardo me remonta a mi infancia, cuando niño escuchaba las historias mágicas que, con todo misterio, contaban mis primas después de cenar. Ellas relataban cuentos de gente aparecida, muertos que reviven, hombres ambiciosos atrapados en montañas que se abren en determinado día y tal hora del año, y que, si no sales o no posees un alma pura, como castigo permaneces atrapado toda la eternidad, borrachos atrapados en un panteón, muchachas congeladas. 

Que tal una historia del llamado bajo mundo de la ciudad, encarnado por seres mágicos de infinidad de mitologías del mundo, mezclados y conviviendo de manera cotidiana, partiendo de que la magia pueda ser cotidiana. Suena aventurado, así es Medardo, y así es Hadas en Chapultepec. Un libro donde la imaginación es capaz de congregarse con la gran oscuridad de una ciudad ya oscura en sí. Aquí lo interesante es, ¿cuál es el resultado? Un viaje hacia el mundo interior. Yo lo leí olvidándome de la anécdota. Era lo de menos, en una segunda lectura podía entenderlas, en caso de que así se requiriera, pero quería sumergirme, así como quien escucha música con los ojos cerrados. Los que leemos sabemos que podemos leer “con los ojos cerrados”, es decir, raptados por lo leído, siendo parte de un ritual donde alguien cuenta una historia y otro la imagina a partir de rituales personales. Gracias Medardo por ser un contador de historias en un mundo que ya olvidó su historia.



Miguel Ángel de Bernardi