viernes, 13 de diciembre de 2013

El Pintor Carlos Clausell


El humano al elegir, siempre se elige a sí mismo.
Kierkegaard

Su obra es la entrada al mundo de la percepción. Es una puerta que conduce a los universos del más allá. Los novatos tratan de ver en cada uno de los cuadros de este maestro de la energía la realidad inmediata. Es natural. El mundo material y poco imaginativo en que vivimos ha atrofiado parte de nuestra capacidad perceptiva y la ansiedad obliga a buscar respuestas inmediatas.
La mitad de nuestro cerebro muere día a día, pues no recibe alimento. La capacidad del cerebro crece descubriendo, no cuando todo lo que recibe ya está descubierto. Muchos animales les mastican la comida a sus cachorros, pero si estos no aprenden a masticarla por sí solos, perecen. Así ocurre con lo humano. Los medios electrónicos e impresos nos entregan todo masticado, pero pobre de aquel que no aprenda a masticar.
Cuando la sensibilidad ha perdido capacidades queremos entender las emociones a partir de la razón. Esto resulta tan absurdo como tratar de entender una multiplicación o una suma a partir de un sentimiento. Sin duda este es un acto neurótico y estresante. Síntoma inequívoco de que nuestro cerebro ha perdido equilibrio. El mejor maestro no es el explica más, sino quien es capaz de despertar el misterio, pues sabe que no existe mayor aliciente para la evolución, que la necesidad de resolver un misterio. Carlos Clausell, es un gran maestro. Ha creado la posibilidad del misterio y sin duda en sus cuadros cada quien descubre su personal misterio.
El ser humano comenzó su evolución develando sus misterios. En el hoy, nuestra mayor inquietud es seguir develando nuestros misterios. Amamos el conocimiento, cuando lo vemos como misterio, no como didáctica. El arte es una emoción. La forma más sublime que ha encontrado el humano para develar esos misterios. Carlos Clausell plasma sobre lienzos o madera lo que existe más allá de esta realidad. Recupera lo que corresponde al mundo desconocido que habita en cada uno de nosotros. Ha creado accesos pictóricos a ese estado secreto de la mente donde se encuentran, no las preguntas, sino las respuestas.
Sus materiales y materia los toma de la naturaleza y de su naturaleza. Cada material guarda en su forma y en su esencia un código gracias al cual podemos dialogar. Carlos en cada cuadro liga infinidad de elementos orgánicos, es decir códigos, posibilidades de diálogo; como si por intuición o encarnación, al pintar se transformara en un gran arquitecto Zen. Así crea texturas, después un movimiento energético, que no sólo son líneas en la pintura, resultan algo mayor. Son canales creados con colores y sirven para conducir energía, y que ésta circule por el espacio, más allá de la extensión del cuadro. Es por eso que sus lienzos abarcan espacios por encima de sus dimensiones físicas, y con libertad convierten al ambiente en una quinta dimisión que es un sutil canal energético donde peregrina la vida y su magnífica opulencia, llenando la totalidad del lugar donde se encuentran y a las personas que conviven con ellos.
El arte es un privilegio al que muchos le temen. Vivir con arte es saber vivir, vivir realmente bien. La obra de Carlos Clausell, es un arte que no sólo se ve, sino un arte con el que se convive, vive, recrea, crea y revive. Sus texturas y colores, a veces son costras que cubren heridas energéticas. Por fortuna llega el colorido y equilibra el dolor de esa lesión energética con el placer que da el alivio de luz.
Aprender a ver es uno de los mayores privilegios que puede gozar un ser vivo. El lograr que la vista se sorprenda, es una forma de hallar la eternidad en un instante. La monotonía de las formas codificadas es un agobio que termina siendo interminable. El alma necesita los colores, los requiere para recrearse. No le importa que la amargura exija las tonalidades oscuras.  

Los cuadros de Carlos Clausell nos enseñan que el observador debe considerar al paisaje abstracto un enigma que puede resolverse por medio de  leyes que él debe descubrir en el instante mismo de ver. El misterio está en la oscuridad, aunque no hay que olvidar que es develado por la luz. Un pintor es tan grande como la manera en que recrea la luz, pues es la luz la que en realidad penetra en la mente y alma del espectador. Carlos Clausel nos lleva con esta técnica a ser más que espectadores, nos conduce a dialogar con lo que ocurre e incurre en el interior de sus cuadros: espíritus elementales, hadas, elfos, ondinas, salamandras, minotauros y muchos de los personajes de nuestro pasado emotivo. Ahí en esos parajes de recuerdos y evocaciones encontramos el árbol genealógico de nuestra mitología personal, podemos hallar el bosque encantado donde surgió nuestro árbol y conocer la semilla que nos dio la vida. Así y ahí, en un de pronto mágico, nos vemos charlando con seres que espontáneamente surgen de la pintura, con fantasmas provenientes de un oriente emotivo y un occidente racional. Este dialogo misterioso poco a poco nos va sacando de la asfixia, de esa lenta asfixia con que nos mata el amarre de la razón, los candados de la razón, las púas de la razón.

En esta conversación emotiva entramos al cuadro del mismo modo que se penetra a un ámbito sacro. Como unos niños traviesos nos “ensuciamos” las ropas en las terrosas tintas de ese terreno cromático, pues nos hemos dado cuenta que la palabra sagrado sólo es una llave para entrar a lo real, y ahí, abunda la risa y la espontaneidad.

Después del juego viene la luz. Es una ley del alma. Es entonces que caminamos por el interior de la obra, así como cuando de niños nos deslizábamos rumbo a casa después de la cansada y vacía jornada de escuela. De pronto el ambiente es todo libertad, trascendencia. De una manera mágica hemos compenetrado al juego, a la gran travesura de vivir, a la excelsa travesía del arte.
Carlos Clausell, al igual que todos los predestinados, vive flotando, sumergido, volando, inmerso en su universo mental. Sus acciones le emanan de los ojos y manos, no de sus argumentos. No gobierna a nadie, sólo a sus convicciones y estas son sus guías. Está siempre alejado del mundo del glamour y los símbolos de poder. Aun así, sus cuadros cada día se cotizan más alto. Se han convertido en símbolos de poder, en inversiones estupendas. La idea de Soren Kierkegaard, ahora queda más clara. Aunque existen miles de objetos de poder creados por la electrónica, la moda y la mercadotecnia: “El humano al elegir, siempre se elige a sí mismo”. Es por eso que elije lo que proviene de las manos de un artista. El arte es lo más humano de lo humano. A partir de esta idea se entiende que banqueros y hombres de empresa se peleen por poseer una de las obras de Clausell.

¿A qué se debe este furor? La respuesta es muy sencilla: la gente que trabaja en el mundo de la razón y la lógica inmediata, ha descubierto que la pintura de Clausell equilibra la energía cerebral. Es la otra parte del hemisferio. El eslabón perdido, ese instante necesario para encontrar la luz y las respuestas. Muchos dirán: es magia. No. Por fortuna es algo más que magia. Se llama arte, y hoy, el arte pictórico, se llama Carlos Clausell.

Miguel Ángel de Bernardi

Febrero de 2007

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