El humano al elegir, siempre se elige a sí mismo.
Kierkegaard
Su obra es la entrada
al mundo de la percepción. Es una puerta que conduce a los universos del más
allá. Los novatos tratan de ver en cada uno de los cuadros de este maestro de la
energía la realidad inmediata. Es natural. El mundo material y poco imaginativo
en que vivimos ha atrofiado parte de nuestra capacidad perceptiva y la ansiedad
obliga a buscar respuestas inmediatas.
La mitad de nuestro
cerebro muere día a día, pues no recibe alimento. La capacidad del cerebro
crece descubriendo, no cuando todo lo que recibe ya está descubierto. Muchos
animales les mastican la comida a sus cachorros, pero si estos no aprenden a
masticarla por sí solos, perecen. Así ocurre con lo humano. Los medios electrónicos
e impresos nos entregan todo masticado, pero pobre de aquel que no aprenda a masticar.
Cuando la
sensibilidad ha perdido capacidades queremos entender las emociones a partir de
la razón. Esto resulta tan absurdo como tratar de entender una multiplicación o
una suma a partir de un sentimiento. Sin duda este es un acto neurótico y
estresante. Síntoma inequívoco de que nuestro cerebro ha perdido equilibrio. El
mejor maestro no es el explica más, sino quien es capaz de despertar el misterio,
pues sabe que no existe mayor aliciente para la evolución, que la necesidad de
resolver un misterio. Carlos Clausell, es un gran maestro. Ha creado la
posibilidad del misterio y sin duda en sus cuadros cada quien descubre su
personal misterio.
El ser humano comenzó
su evolución develando sus misterios. En el hoy, nuestra mayor inquietud es
seguir develando nuestros misterios. Amamos el conocimiento, cuando lo vemos
como misterio, no como didáctica. El arte es una emoción. La forma más sublime
que ha encontrado el humano para develar esos misterios. Carlos Clausell plasma
sobre lienzos o madera lo que existe más allá de esta realidad. Recupera lo que
corresponde al mundo desconocido que habita en cada uno de nosotros. Ha creado
accesos pictóricos a ese estado secreto de la mente donde se encuentran, no las
preguntas, sino las respuestas.
Sus materiales y
materia los toma de la naturaleza y de su naturaleza. Cada material guarda en
su forma y en su esencia un código gracias al cual podemos dialogar. Carlos en cada cuadro liga infinidad
de elementos orgánicos, es decir códigos, posibilidades de diálogo; como si por
intuición o encarnación, al pintar se transformara en un gran arquitecto Zen. Así
crea texturas, después un movimiento energético, que no sólo son líneas en la
pintura, resultan algo mayor. Son canales creados con colores y sirven para
conducir energía, y que ésta circule por el espacio, más allá de la extensión del
cuadro. Es por eso que sus lienzos abarcan espacios por encima de sus
dimensiones físicas, y con libertad convierten al ambiente en una quinta dimisión
que es un sutil canal energético donde peregrina la vida y su magnífica opulencia,
llenando la totalidad del lugar donde se encuentran y a las personas que
conviven con ellos.
El arte es un privilegio al que muchos le temen. Vivir con arte es saber
vivir, vivir realmente bien. La obra de Carlos Clausell, es un
arte que no sólo se ve, sino un arte con el que se convive, vive, recrea, crea
y revive. Sus texturas y colores, a veces son costras que cubren heridas
energéticas. Por fortuna llega el colorido y equilibra el dolor de esa lesión
energética con el placer que da el alivio de luz.
Aprender
a ver es uno de los mayores privilegios que puede gozar un ser vivo. El lograr
que la vista se sorprenda, es una forma de hallar la eternidad en
un instante. La monotonía de las formas codificadas es un agobio que termina
siendo interminable. El alma necesita los colores, los requiere para recrearse.
No le importa que la amargura exija las tonalidades
oscuras.
Los cuadros de Carlos Clausell nos enseñan que el
observador debe considerar al paisaje abstracto un enigma que puede resolverse
por medio de leyes que él debe descubrir
en el instante mismo de ver. El misterio está en la oscuridad, aunque no hay
que olvidar que es develado por la luz. Un pintor es tan grande como la manera
en que recrea la luz, pues es la luz la que en realidad penetra en la mente y
alma del espectador. Carlos Clausel nos lleva con esta técnica a ser más que
espectadores, nos conduce a dialogar con lo que ocurre e incurre en el interior
de sus cuadros: espíritus elementales, hadas, elfos, ondinas, salamandras, minotauros
y muchos de los personajes de nuestro pasado emotivo. Ahí en esos parajes de
recuerdos y evocaciones encontramos el árbol genealógico de nuestra mitología
personal, podemos hallar el bosque encantado donde surgió nuestro árbol y
conocer la semilla que nos dio la vida. Así y ahí, en un de pronto mágico, nos
vemos charlando con seres que espontáneamente surgen de la pintura, con
fantasmas provenientes de un oriente emotivo y un occidente racional. Este
dialogo misterioso poco a poco nos va sacando de la asfixia, de esa lenta
asfixia con que nos mata el amarre de la razón, los candados de la razón, las púas
de la razón.
En
esta conversación emotiva entramos al cuadro del mismo modo que se penetra a un
ámbito sacro. Como unos niños traviesos nos “ensuciamos” las ropas en las
terrosas tintas de ese terreno cromático, pues nos hemos dado cuenta que la
palabra sagrado sólo es una llave para entrar a lo real, y ahí, abunda la risa
y la espontaneidad.
Después del juego viene
la luz. Es una ley del alma. Es entonces que caminamos por el interior de la
obra, así como cuando de niños nos deslizábamos rumbo a casa después de la cansada
y vacía jornada de escuela. De pronto el ambiente es todo libertad,
trascendencia. De una manera mágica hemos compenetrado al juego, a la gran travesura
de vivir, a la excelsa travesía del arte.
Carlos Clausell, al igual que
todos los predestinados, vive flotando, sumergido, volando, inmerso en su universo
mental. Sus acciones le emanan de los ojos y manos, no de sus argumentos. No
gobierna a nadie, sólo a sus convicciones y estas son sus guías. Está siempre alejado
del mundo del glamour y los símbolos de poder. Aun así, sus cuadros cada día se
cotizan más alto. Se han convertido en símbolos de poder, en inversiones
estupendas. La idea de Soren Kierkegaard, ahora queda
más clara. Aunque existen miles de objetos de poder creados por la electrónica,
la moda y la mercadotecnia: “El humano al elegir,
siempre se elige a sí mismo”. Es por eso que elije lo que proviene de las manos
de un artista. El arte es lo más humano de lo humano. A partir de
esta idea se entiende que banqueros y hombres de empresa se peleen por poseer
una de las obras de Clausell.
¿A qué se debe este
furor? La respuesta es muy sencilla: la gente que trabaja en el mundo de la
razón y la lógica inmediata, ha descubierto que la pintura de Clausell equilibra
la energía cerebral. Es la otra parte del hemisferio. El eslabón perdido, ese
instante necesario para encontrar la luz y las respuestas. Muchos dirán: es
magia. No. Por fortuna es algo más que magia. Se llama arte, y hoy, el arte
pictórico, se llama Carlos Clausell.
Miguel Ángel de
Bernardi
Febrero
de 2007
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