Por: Miguel Ángel de Bernardi
El poeta Charles Baudelaire vivió apasionado por las letras. Además de
ser un gran escritor, fue el crítico literario más importante de su tiempo y un
insistente investigador de los “Paraísos Artificiales” y los recovecos del
talento artístico.
Se auto proclamó gambusino de la Literatura. Una de sus obsesiones fue
encontrar plumas y pensamientos afines. Consideraba que al localizar escritores
de ideas similares, podría establecer una sincronía estética y llenar el hueco
existencial que siempre lo acechó, quizá desde su infancia desarraigada.
Leía todo lo que llegaba a sus manos, como si en ello le fuera la
existencia. Un día, en su afán de practicar el inglés, lengua que le enseñó su
madre, descubre a un escritor norteamericano, casi ignorado en su país y prácticamente
desconocido en Europa. Al leerlo, Baudelaire se apasiona hasta el delirio. Por
fin encuentra el diamante buscado desde niño, al fin halla el arraigo. Había
descubierto para sí y para la Literatura Universal nada menos que a Edgar Allan
Poe.
Baudelaire de inmediato dedujo que Poe era un Hombre fiel a su genio que
no encontraba acomodo ni en la sociedad democrática ni en la aristocrática, tampoco
en una república ni en una monarquía. Dedujo que Poe, al igual que él era un
Hombre marcado por el sello de la soledad.
De inmediato se puso a investigar más de Poe. Lo que sabía de él, no le
era suficiente. La investigación alcanzó los niveles de la obsesión. Fue
entonces que decidió “escribir la historia de uno de esos ilustres
desventurados. Demasiado rica en poesía y pasión, que ha venido, después de
tantos otros, a hacer en este bajo mundo el rudo aprendizaje del genio entre
las almas inferiores”.
“¡Lamentable tragedia la vida de Edgar Allan Poe! ¡Su muerte, horrible
desenlace, cuyo horror aumenta con su trivialidad! De todos los documentos que
he leído he sacado la convicción de que los Estados Unidos sólo fueron para Poe
una vasta cárcel, que él recorría con la agitación febril de un ser creado para
respirar en un mundo más elevado que el de una barbarie alumbrada con gas, y
que su vida interior, espiritual, de poeta, o incluso de borracho, no era más
que un esfuerzo perpetuo para huir de la influencia de esa atmósfera antipática”.
Al escribir eso de Poe, escribía su propia tragedia. Baudelaire no
encontraba acomodo en ninguna parte, era ajeno a todo y a todos. Tal como él dijo
de Poe, también estaba tocado por el “maldito sello” de la soledad.
Baudelaire supuso que Poe pudo ser un autor de dinero -a money making autor-. Ser aceptado por
la sociedad mojigata de su tiempo, pero nunca se doblegó. Nunca aceptó ser como
le ordenaban ser. La realidad es que al autor de las Narraciones extraordinarias, los editores le pagaban menos que a otros,
pues aducían que escribía con un estilo demasiado por encima del vulgo y que la
gente casi no lo leía, pues no alcanzan a entenderlo. Es decir, le reprochaban
su cultura y el no confundirse con el vulgo.
Baudelaire aseguraba que la sociedad Norteamericana, había destruido el
genio de Poe. “Uniendo la falta de inteligencia más abrumadora, a la ferocidad
de la hipocresía burguesa, le han insultado a porfía, y después de su repentina
desaparición, han vapuleado ásperamente ese cadáver”.
Al igual que el ejemplo de Poe, en el arte y en todos los campos de la
vida, existen miles de seres que viven con el estigma de la incomprensión. El
humano que decide no ser una copia de sus semejantes, aunque estos vivan
sumidos en la tontería, padece la incomprensión y el desprecio tajante. De
inmediato es tachado de loco o de enemigo. Es claro que el Hombre común sólo
acepta a su igual y desprecia a quien se aventura a ser diferente. Es por eso
que quien logra imponer un nuevo pensamiento, adquiere calidad de mártir, más
tarde de héroe y por último de panfleto.
Publicado en la revista Siempre
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