viernes, 13 de diciembre de 2013

El Humor de Juan Rulfo


Por Miguel Ángel de Bernardi

Al maestro Juan Rulfo lo conocí después de una conferencia que ofreció en la sala Manuel María Ponce del Palacio de Bellas Artes. El dramaturgo Hugo Arguelles, nos presentó. Era un domingo caluroso, así que decidimos caminar para comer por las calles del Centro y refrescarnos en un bar cualquiera.

Rulfo era el silencio, una entidad magnética sumergida en sus pensamientos, en fuerzas obscuras. Mirando su silencio fue que comprendí que la intensidad creadora de un Hombre se mide por la batalla que libra contra su silencio.

Yo era un adolescente petulante que escribió, Chaneques. Me emocionaba hasta la euforia caminar junto a la leyenda que escribió Pedro Páramo y el Llano en llamas. Transitar el mundo al lado de un escritor que todos ansiaban conocer y casi nadie leer y mucho menos entender. 

Existen edades donde ser inmortal es asunto de palpitación, de palpar otra palpitación. La presencia del maestro Rulfo me emocionaba tanto que puede sincronizarme con la pasión. Él sabía que fascinaba repudiando. Ese era su magnetismo: un desprecio mítico a lo terrenal, una mirada penetrando las sombras.  

Cuando pasan los años, uno va descubriendo que la fascinación se llama de diferentes maneras, que se presenta con el rostro que ella elige. Es tal como el talento. Visita a quien se le antoja. También descubrí que la fascinación es conocimiento puro. Después de todo, fascinación es misterio. La única palabra que se me ocurrió decirle a Rulfo fue: Maestro. En ese momento me sentí bobo. Ahora sé que fui certero.

Un Maestro es una autoridad del alma. Yo sabía que en cuestiones de Literatura, Rulfo odiaba la solemnidad, que era apasionado de la literatura norteamericana y enemigo acérrimo de los falsos “genios” creados por los Sistemas. Sabía tantas cosas de él, y a la vez  nada, que me di cuenta que muchas veces el saber es un hueco en el alma que se llena con los huecos del cerebro.

Supuse que el terror desaparecería. Supuse tantas cosas, que terminé por no suponer nada. Minutos después estábamos a una mesa del bar La Opera. de él fue la idea o quizá la necesidad. Es claro que yo no me hubiera atrevido a invitarle un trago. Terminé mirando el ámbar de mi cerveza Bohemia y el movimiento de la cantina. La euforia se transformó en meditación, más tarde en silencio placentero. En ese momento, todos los presentes fuimos personajes del Maestro. Atmósfera de sus pensamientos.

Después de tres tequilas de él, otras tantas cervezas mías, y más de una hora de vivir ese silencio, Rulfo con sarcasmo muy propio, me miró a los ojos y con voz que provenía de ultratumba me dijo: ¿Qué tan importante es Dios?

La pregunta me desconcertó. Al parecer esa era su finalidad. Cuando estaba a punto de confesar mi desconcierto, Rulfo río con ironía y se fue al baño. Un minuto después me dijo: “Cuando uno piensa mucho, termina por no hacer nada. A mí me consideran un pensador. Por eso no hago nada”. Volvió a reír. En verdad se veía feliz, eternamente feliz en su nostalgia. “Vete al baño, muchacho. A ti también te hace falta tirar el miedo”.

Celebró el encuentro con un brindis que nadie escuchó. Quiso institucionalizar el encuentro y repetirlo una vez al mes. Después se negó con furia. Rulfo me prohibió volverle a hablar. No le gustaban los compromisos y menos los compromisos estúpidos con los que se envuelve la amistad.

Al parecer a cada uno, algo nos significaba el encuentro. Yo sin estar acostumbrado a ese tipo de encuentros dije: “En verdad es un acontecimiento. 
- Juan difícilmente ríe”. Me dijo Rulfo. luego Rulfo lo contradijo y con voz pausada hablo hacia donde nadie estaba: “La vida está llena de cosas que difícilmente se hacen o suceden, eso es la vida”. 

Siguió sonriendo. Al final dijo: “Para eso sirve Dios, para que los aterrados nos podamos reír. Sería bueno saber qué tan importante es uno para Él. Yo pienso que no mucho... salud”. Pidió más tequila. A mí me prohibió tomar más cerveza. No pude contenerme y le pregunté sobre su obra. Él me miró a los ojos. Ya no sonrió. Una lágrima corrió por su mejilla. En su mirada no existía el reto, sí la inconformidad, la rebeldía arcaica, un “llano en llamas”, un llanto en llamas. 

“Mi obra es una oración inacabada. Es la religión de un Hombre que a cada rato anda queriendo perder la fe y para que eso no ocurra, se confiesa frente a un papel en blanco. El papel es un confesor más cabrón que cualquier cura. Soy un Hombre que quisiera renegar, pero le da miedo quedarse sin ni siquiera algo para renegar. Te digo una cosa muchacho: en el fondo mi obra esta cargada de humor. Lo que ocurre es que la gente no entiende, necesitas ordenarle que entienda para que entienda. Lee mis cuentos pensando en esto que te digo. Te aseguro que te vas a miar de risa. Te preguntarás por qué y la respuesta es muy fácil: no es que escriba de fantasmas, me leen fantasmas y para acabarla de chingar, esos fantasmas no han encontrado a Dios ni conocen el humor y lo que es peor, no se han dado cuenta que son pendejos. 

Tuve la oportunidad de encontrarme varias veces con el Maestro. Siempre fue coincidencia y él la celebraba con euforia poco común. En él no existía lo común. Cuando yo hablaba de la coincidencia, él me callaba la boca con una frase: “Los compromisos terminan siendo más importantes que las gentes. Nosotros somos gentes, no de razón y mucho menos de compromiso. Así también es mi obra. De pronto alguien se la encuentra. Quiere volverla a tener, y ya no está”.

Publicado en la revista Siempre


 

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