J
Por: Miguel Ángel de Bernardi
José Saramago, leyó un texto conmovedor en la
clausura de del Foro Mundial Social, que este febrero se reunió en Porto Alegre
Brasil. La parte medular de su texto habla de una vieja anécdota sobre la
Justicia:
“Estaban los habitantes en sus casas trabajando
los cultivos, entregado cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito
se oyó sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos de
algo sucedido en Florencia el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a
lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo de extrañeza, pero
aquella campana tocaba melancólicamente a muerto, y eso sí era sorprendente,
puesto que no constaba que alguien de la aldea se encontrase a punto de
fenecer. Salieron por lo tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños,
dejaron los hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos
congregados en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién
deberían llorar.
“La campana siguió sonando unos minutos más, y
finalmente calló. Instantes después se abría la puerta y un campesino aparecía
en el umbral. Pero, no siendo éste el hombre encargado de tocar habitualmente
la campana, se comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el
campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está aquí, soy yo quien ha
hecho sonar la campana', fue la respuesta del campesino. 'Pero, entonces, ¿no
ha muerto nadie?', replicaron los vecinos, y el campesino respondió: 'Nadie que
tuviese nombre y figura de persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque
la Justicia está muerta’”.
¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos) andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado empezó por protestar y reclamar, después imploró compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado; la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia.
Tal vez pensase que su gesto de exaltada
indignación lograría conmover y hacer sonar todas las campanas del universo,
sin diferencia de razas, credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción,
lo acompañarían en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no
callarían hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa,
de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes
sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar al mundo adormecido...
No sé lo que sucedió después, no sé si el brazo popular acudió a ayudar al
campesino a volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez
declarada difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma
rendida, a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia
nunca nos lo cuenta todo...”
¿En cuántos lugares del mundo ocurre lo que en aquella
aldea florentina? Lo peor del caso, es que a la Justicia la matan no los
grandes villanos de la Historia, sino la gente común y corriente que siente que
el valor de lo justo, ya le estorba para poder sobrevivir económica y
emocionalmente.
Saramago esa noche habló fuerte de “lo que todos
tenemos derecho a esperar de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la
que se envuelve en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica
judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen las pesas de
la balanza, no la de la espada que siempre corta más hacia un lado que hacia
otro, sino una justicia pedestre, una justicia compañera cotidiana de los
hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y
riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la
felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el alimento del
cuerpo”.
El Premio Nobel abogó por la Justicia que emana espontáneamente de la propia sociedad en acción, la que se manifiesta, como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano. Una justicia protegida por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones.
También recordó el código de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y sus treinta derechos básicos y esenciales “de los que hoy sólo se habla vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran, hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino de Florencia”.
Fue contundente cuando sugirió que la Declaración
Universal de los Derechos Humanos, “tal y como está redactada, y sin necesidad
de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo que respecta a
la rectitud de principios y a la claridad de objetivos, a los programas de
todos los partidos políticos del mundo, expresamente a los de la denominada
izquierda, anquilosados en fórmulas caducas, ajenos o impotentes para plantar
cara a la brutal realidad del mundo actual, que cierran los ojos a las ya
evidentes y temibles amenazas que el futuro prepara contra aquella dignidad racional
y sensible que imaginábamos que era la aspiración suprema de los seres humanos”.
Del dicho al hecho, hay mucho trecho, aunque lo
dicho, haya sido dicho por un premio Nobel de la seriedad de José Saramago. Sin
embargo, es reconfortante saber que el Hombre aún aspira a la Justicia y que el
campesino de Florencia, hoy a través de un intelectual, tañe la campana para
recordarnos lo que sistemáticamente hemos matado: La Justicia.
Publicado en la revista Siempre
Publicado en la revista Siempre
No hay comentarios:
Publicar un comentario