Por: Miguel Ángel de Bernardi
Provengo de una sociedad
mojigata, de una familia desinteresada en cuestiones sexuales y enfática en el
qué dirán. Nací en un pueblo gazmoño del estado de Puebla donde el sexo sólo sirve
para el escándalo, el sometimiento y de vez en cuando, para celebrar un bautizo
o un velorio. Me gusta decir las cosas tal y como son. La Literatura me atrajo
por su recóndito poder sexual de convocatoria.
Pienso que el ser humano
nace con imaginación y no necesita justificarla. Mi infancia no fue la del niño
culto que pretende ser escritor para ocultar deficiencias. No tuve ni abuelas
brujas tampoco tías mágicas, primas solteronas, tíos ricos y mucho menos amigos
del más allá. Por fortuna la anécdota ridícula inventada por la histeria
menopáusica de tantos escritores, no está en mi currícula.
Tampoco fui el clásico niño
“genio” orgullo de la de burguesía decadente. Ni el niño que entraba a la
biblioteca de papá en busca del saber académico, pues mi padre no tenía
biblioteca y mucho menos saber académico. Fui un niño que aprendió de la vida,
de su infancia, no de los adultos, sino de los mismos niños. Aprendí lo que
debe aprender un niño. Aprendí a jugar. Es mi máximo orgullo y con él que
quiero aprender a vivir y si es necesario, a morir.
Por fortuna mi adolescencia
fue divertida. Gracias a mis vecinas viví la promiscuidad en pleno. Ayudado por
Lorena y Lizbeth, me descubrí, supe que me conocía y desconocía a través de mi
sexualidad y de los tantos miedos, ayunos, goces, regocijos, deleites y
etcéteras que ella me regala.
Ayudado por la apasionada
sexualidad llegué a la Literatura con la idea de encontrar fórmulas para
seducir. Lo más emocionante es que una noche, allá, cuando apenas contaba los
once años, Marcela me vio leyendo “Las Aventuras del Capitán Singlenton”, se
abrazó de mis piernas y... recargándose sobre lo más excitado de mi cuerpo me
dijo: “Me gustaría que cuando seas escritor, escribas de mí”. Esa misma noche
nos dimos a la tarea de escribir la historia, aunque por supuesto, antes la
vivimos.
Han pasado los años, Marcela
se ha convertido en una lectora insaciable. ¿Es que leyendo buscamos lo que ya
hemos imaginado? De aquellos tiempos, recuerdo algunas lecturas, que ahora
podrían considerarse cursis: “El Diario de Daniel”, “Los Verdes Años”,
“Cándidas Palomas”. En todos ellas encontré parte de mí, esquemas de mi
apetencia sexual que en aquel entonces nació con la furia de la adolescencia y
del mismo modo que surgía, se encontraba con un mundo ajeno a mis deseos.
Un día llegó a mis manos “La
Dama de las Camelias”. Mi vida fue otra a partir de ese libro. Nunca pensé que
alguien pudiera vivir una pasión con tal intensidad. Me pasmé. Quise que la
Literatura diera respuesta a las preguntas que me surgían y oportunidad a los
éxtasis que se me presentaban. A partir de ese momento, mi vida no se cuenta en
años, sino en libros.
Una tarde, cansado de
desear, decidí vivir mi vida y vivir mis propios libros. Ahora sé que a partir
de ese momento, escribir comenzó a ser una forma de vida que a lo largo de mi
existencia he compartido con mis amigos y mujeres. Ellas han sido amantes y
protectoras, ellos mis contradictorios escuchas y necios cómplices.
En un libro puede encontrar
la exaltación, pues en las letras se esconden los deseos y decesos más hondos,
intensos e insondables. Con ellos creamos mundos fascinantes. Es por eso que me
doy cuenta cabal, que si los adolescentes entendieran que un libro, aunado a la
imaginación puede ser una compañía intensa, una posibilidad de la mente
sensual, una alquimia creadora de fantasías, que tarde o temprano se cumplirán;
el amor sería más intenso, la soledad menos intrusa, la melancolía un acto
creador y los libros, el mayor anhelo y el éxtasis del sentir.
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