viernes, 13 de diciembre de 2013

El leer y la Sexualidad



Por: Miguel Ángel de Bernardi


Provengo de una sociedad mojigata, de una familia desinteresada en cuestiones sexuales y enfática en el qué dirán. Nací en un pueblo gazmoño del estado de Puebla donde el sexo sólo sirve para el escándalo, el sometimiento y de vez en cuando, para celebrar un bautizo o un velorio. Me gusta decir las cosas tal y como son. La Literatura me atrajo por su recóndito poder sexual de convocatoria.

Pienso que el ser humano nace con imaginación y no necesita justificarla. Mi infancia no fue la del niño culto que pretende ser escritor para ocultar deficiencias. No tuve ni abuelas brujas tampoco tías mágicas, primas solteronas, tíos ricos y mucho menos amigos del más allá. Por fortuna la anécdota ridícula inventada por la histeria menopáusica de tantos escritores, no está en mi currícula.

Tampoco fui el clásico niño “genio” orgullo de la de burguesía decadente. Ni el niño que entraba a la biblioteca de papá en busca del saber académico, pues mi padre no tenía biblioteca y mucho menos saber académico. Fui un niño que aprendió de la vida, de su infancia, no de los adultos, sino de los mismos niños. Aprendí lo que debe aprender un niño. Aprendí a jugar. Es mi máximo orgullo y con él que quiero aprender a vivir y si es necesario, a morir.

Por fortuna mi adolescencia fue divertida. Gracias a mis vecinas viví la promiscuidad en pleno. Ayudado por Lorena y Lizbeth, me descubrí, supe que me conocía y desconocía a través de mi sexualidad y de los tantos miedos, ayunos, goces, regocijos, deleites y etcéteras que ella me regala.

Ayudado por la apasionada sexualidad llegué a la Literatura con la idea de encontrar fórmulas para seducir. Lo más emocionante es que una noche, allá, cuando apenas contaba los once años, Marcela me vio leyendo “Las Aventuras del Capitán Singlenton”, se abrazó de mis piernas y... recargándose sobre lo más excitado de mi cuerpo me dijo: “Me gustaría que cuando seas escritor, escribas de mí”. Esa misma noche nos dimos a la tarea de escribir la historia, aunque por supuesto, antes la vivimos.

Han pasado los años, Marcela se ha convertido en una lectora insaciable. ¿Es que leyendo buscamos lo que ya hemos imaginado? De aquellos tiempos, recuerdo algunas lecturas, que ahora podrían considerarse cursis: “El Diario de Daniel”, “Los Verdes Años”, “Cándidas Palomas”. En todos ellas encontré parte de mí, esquemas de mi apetencia sexual que en aquel entonces nació con la furia de la adolescencia y del mismo modo que surgía, se encontraba con un mundo ajeno a mis deseos.

Un día llegó a mis manos “La Dama de las Camelias”. Mi vida fue otra a partir de ese libro. Nunca pensé que alguien pudiera vivir una pasión con tal intensidad. Me pasmé. Quise que la Literatura diera respuesta a las preguntas que me surgían y oportunidad a los éxtasis que se me presentaban. A partir de ese momento, mi vida no se cuenta en años, sino en libros.

Una tarde, cansado de desear, decidí vivir mi vida y vivir mis propios libros. Ahora sé que a partir de ese momento, escribir comenzó a ser una forma de vida que a lo largo de mi existencia he compartido con mis amigos y mujeres. Ellas han sido amantes y protectoras, ellos mis contradictorios escuchas y necios cómplices.

En un libro puede encontrar la exaltación, pues en las letras se esconden los deseos y decesos más hondos, intensos e insondables. Con ellos creamos mundos fascinantes. Es por eso que me doy cuenta cabal, que si los adolescentes entendieran que un libro, aunado a la imaginación puede ser una compañía intensa, una posibilidad de la mente sensual, una alquimia creadora de fantasías, que tarde o temprano se cumplirán; el amor sería más intenso, la soledad menos intrusa, la melancolía un acto creador y los libros, el mayor anhelo y el éxtasis del sentir.


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