Por: Miguel Ángel de Bernardi.
La inteligencia emotiva de Mozart fue conmovedora y brillante. A
temprana edad descubrió su mente alquímica y con ella, la rebelde posibilidad
de derrumbar los límites de la materia y el pensamiento estático de su tiempo. Desde
niño supo que aquello que no logra vencernos, se traspasa, así como el espíritu
cruza la materia. Para el maestro de lo clásico, no existían las fronteras y
por eso transgredía las de los otros a través del éxtasis creador.
Mozart se reía a carcajadas. Este era uno de sus muchos dones. No
cualquiera puede reír a carcajadas. Desde muy niño escuchó la charlatanería del
círculo de amigos bebedores de Leopold, su padre. Le molestaba que los
escuchara a ellos y no a él. Esto lo condujo a ver más allá de la ignorancia y
el fanatismo. Era un eterno conversador que gozaba escuchando embaucadores a
los que fácilmente desenmascaraba. Era un Acuario persistente de inteligencia
mágica, capaz de analizarlo todo e ir más allá del análisis, creando historias
fantásticas hasta con lo insignificante. Hablo de su zodiaco porque él siempre
estuvo apegado al azar y a la matemática celeste. Fue un enamorado de lo oculto
e indagador insaciable de lo exacto, un perseguidor matemático de la casualidad
y el riesgo, que aguzando su oído mágico ante los charlatanes, los entronizaba
para después derrumbarlos gracias a su delirante dialéctica y su persistente burla
e ironía. En verdad charlando hallaba la verdadera esencia de las cosas.
Sin duda hoy pondría en su lugar a más de un “genio” musical, tal y
como lo hizo en su tiempo. Al igual que los actuales posmodernos, se apasionó
por las ciencias llamadas ocultas. Su secreta pasión por la alquimia lo condujo
a querer transmutar la materia en música. Tomaba un sonido y usando la
matemática sensible, lo llevaba a todas las variantes posibles, para finalmente,
después de una melodía cargada de aventura intelectual y sensible, en elipsis regresar
al sonido original. Estructura muy similar a la mitología, donde el recién iniciado,
si aspira a la maestría, antes debe pasar por mil pruebas para después regresar
a su estado natural, es decir, a su origen. Creía que matando el estado
terrenal se alcanza la pureza que eleva a los límites de la muerte y transfiere
al renacimiento.
Mozart, ayudado por su imaginación desbordada y su agudo conocimiento
de la filosofía del Temple, creaba algunas de sus piezas pensando que la
melodía es una Cruzada donde la geometría del sonido, aunada a la del alma,
crea figuras, que desde lo material, se elevan hacia lo intangible, para
después retornar cargadas con el espíritu de lo universal.
Siempre fue ganado por los misterios. Su curiosidad era insaciable. Debido
a su carácter licencioso, pocos se han detenido a analizar su fondo místico. Quizá
la música fue sólo uno de los tantos enigmas que trató de solucionar. Incluso compuso
música ayudado por el azar de los dados. Tiraba los dados y de acuerdo al
número que caía, creaba la nota. En la música encontró el lenguaje de su alma y
a lo largo de siglos, millones de seres hemos descubierto, gracias a sus
búsquedas, esa parte de universo que sólo el riesgo del arte puede entregarnos.
Mozart nació el 27 de enero de 1756 en Salzburgo. Su padre y maestro
fue un influyente violinista y compositor que trabajaba en la orquesta de la
corte del arzobispo de Salzburgo. El padre vivía con la idea de obtener
prestigio a como diera lugar. Su talento no era mayor, aunque sí su ambición. Esto
lo llevó a descargar la furia de su frustración sobre su hijo Wolfgang y su
hija Nannern. La técnica musical se las entregó aunada a los golpes y la rabia.
Wolfang desde ese momento odió la disciplina y aprendió a viajar hacia sí
mismo. A ese lugar de la mente donde los golpes y los gritos de su padre no le causaban
mella. En ese sitio de escape, también se encontró con su zona de creación, que
entre tantas cosas otorga una desconocida forma de ordenar la vida y sublimar
el dolor. Al reconocer esa manera distinta de ser que proporciona el viaje
interno, crea sus propios métodos de tocar, componer y vivir.
Mozart nunca dejó de ser un niño ni ansió la formalidad y el
acartonamiento de los adultos. Su infancia fue tan creadora que la prolongó
durante toda su vida. Su primer genio radicaba en su capacidad de jugar e imaginar.
No se preocupaba por hacer música y mucho menos por imitarla, jugaba con ella. No
era un adulto pequeño, era un infante monumental. A los tres años ya
interpretaba piezas al piano. Era irritable y ansioso de divertirse con todo. Así
se escapaba del mundo de intolerancia en que lo hundió su padre. A los cinco
años compuso sus primeras obras divirtiéndose con su extraordinaria capacidad
para la improvisación y la lectura de partituras, que sobre la marcha
modificaba, dándoles mayor fuerza imaginativa y potencia musical. Su música se
publicó cuando él tenía solamente siete años, entonces ya era reconocido como
un experto violinista. Su primera ópera, la Finta
Semplice la escribió con sólo doce años.
En el año 1762, Leopold decidió ir con sus dos hijos, Nannern y Wolfgang
para tocar ante el emperador en Viena. Los niños Mozart poseían mentes dotadas
para el oficio musical. Impresionaron al emperador, aunque el genio de Nannern fue
opacado por el de quien más tarde sería reconocido como uno de los mayores
maestros de la música universal y junto con Haydn, crearía lo que hoy llamamos
música Clásica.
Su sexualidad e ímpetu lo dominaban, lo que le atrajo graves problemas.
Tocó en París, Bruselas y Londres. De inmediato se le consideraba genio y loco.
En 1769, fue designado director de concierto del príncipe de Salzburgo. Viajó
varias veces a Italia. Solía burlarse de los músicos disciplinados y para él resultaba
de gran gozo demostrarles que con unos minutos de atrevimiento podían
derrumbarse días y hasta meses de esfuerzo disciplinado. Nunca moderó su genio
como se lo exigían los sumisos músicos cortesanos, más movidos por la envidia
que por el conocimiento. Trabó gran amistad con Haydn, con quien solía jugar a
las cartas y beber. Se dice que a falta de dinero, se apostaban mutuamente sus
obras.
Perteneció a la logia masona. Ahí se adentró en la obra de Pitágoras y
Aristóteles, pilares de la ciencia que fueron los grandes maestros en los que se
basaron los constructores templarios. Wolfgang en su mente trataba de emular a esos
maestros constructores, artífices de catedrales, aunque sus materiales eran las
notas musicales, no la piedra, y Dios era el éxtasis de su genio.
Hoy se piensa que la creatividad es una herramienta para resolver
problemas y divertir masas. Aprendamos la lección de Mozart que nos demostró
que lo creativo es resultado de una curiosidad ilimitada y que para alcanzarla,
se va de lo universal a lo esencial.
Harto de la mediocridad de sus contemporáneos viajó a Viena, Munich y
París en busca de trabajo, pero resultó en vano. Una de sus ideas era que
durante la ceremonia musical, el público representaba la parte femenina del
Universo y él la semilla masculina que los fecundaba a través de la música. Era
entonces que nacía el nuevo ser cuya vida sólo duraba mientras el éxtasis se
prolongara. Es imposible comprobar si su hipótesis era verdadera, aunque lo que
sí se sabe es que quien lo escuchó, terminaba arrobado. Como si el maestro le
hubiera modificado el alma.
Su conocimiento de las ciencias y la mitología lo llevaban a crear su
propio filosofar creativo, siempre contrario al de todos, pues unía lo
incompatible según las creencias de su época: el placer del cuerpo con el del
alma y la mente. Eternamente estaba
imaginando y sólo se vaciaba de ese fuego arrebatador que es crear, vertiendo
en notas las imágenes de su propia mitología.
En agosto de 1782, contrajo matrimonio con Constanze Weber. No le
bastaba ser admirado, quería ser comprendido y amado. Su necesidad de amor
pasional no encontraba límites. Se ganaba la vida como profesor y su mujer,
como cantante. No consiguió ningún puesto oficial en Viena hasta 1787, cuando
Joseph II le contrató como compositor con un sueldo mísero. Entonces escribe Seralgio y más tarde compone una de sus
obras maestras: Las Bodas de Fígaro. Don Giovanni, una de sus obras más
conocidas fue un desastre el día de su presentación en 1788. Mozart se conmueve
ante los cantos gregorianos incorporados por Gregorio a la ceremonia católica y
al ritual céltico, tan importante por sus catedrales. No hay que olvidar que la
música del “constructor” Mozart, corresponde a la matemática de la
arquitectura. El Maestro descubre la gran influencia emotiva que ejercen estos
cantos. Se adentra en ellos. Sabe que provienen de la matemática musical creada
por los monjes Benedictinos de Montecassino y la influencia de los salmos de
David. A ello le aumenta la geometría clásica. Los desmenuza y reconstruye a su
modo. Continuó componiendo grandes obras instrumentales. Su famosa serenata Eine Klein Nachtmusik fue compuesta en
1787. Cosi van Tutte, fue una obra
cómica presentada en 1790. En los últimos años de su vida, compuso La Flauta Mágica. Obra llena de claves
esotéricas.
Estudió las escuelas islámicas de Córdoba y Toledo. Escucharlo se
convierte ya en sí en un acto cultural, aunque lo más importante es entender
que desarrolla el potencial creativo. Así lo demuestran estudios realizados con
auditores “vírgenes” musicalmente hablando. Es decir, bebés no natos y durante
sus primeros cuatro años de vida. Lo cual demuestra que creatividad da
creatividad. Los signos iguales se suman.
Falleció el 5 de diciembre de 1791. Fue enterrado en una fosa común
junto a otros doce cadáveres. Mozart, como siempre fue sorprendido por el azar del
número 13, cabalístico, así como su vida. El 13 de la suerte y la tragedia, que
destruye a quienes lo profanan y premia a sus elegidos. El 13 que va más allá
de lo establecido por la regla lógica.
Muchos consideran su final en la fosa común una de las grandes injusticias
del Arte y la sociedad, pero sin duda el maestro, en su interior guardaba las
enseñanzas templarias donde el guerrero, para alcanzar verdadera trascendencia,
debe desprenderse de sus cargas terrenales. Sin duda a sus compañeros de fosa,
a esos comunes indigentes, el hombre de mayor gloria musical de todos los
tiempos, los convirtió en apóstoles.
De los genios y de los estúpidos se puede hablar de una y mil maneras.
El dramaturgo inglés, Peter Shaffer buscó un nuevo punto para hablar de Wolfgang
Amadeus Mozart. Su obra Amadeus,
después llevada al cine, habla de la eterna lucha del talento. La batalla es
representada por Mozart y Antonio Salieri. Shaffer eligió la pugna entre el
genio descarriado de Mozart y la mediocridad obediente de Salieri. Ellos
representaron en la escena la eterna lucha del que puede, contra el que sólo
grita que sí puede.
Los psicólogos de bolsillo nos dicen que Mozart tuvo serios problemas
con su padre y que nunca pudo resolverlos. Eso sólo es una primero
interpretación. El maestro se comunicaba con su progenitor a través de la
música y la creación. Lo que no logró personalmente lo trascendió obteniendo
una comunicación sublime. “Hablaba” con Leopold, allá en lo sublime, en ese
mundo que se trasluce más allá de la Tierra.
A pesar de su “indisciplina” nos dejó una obra monumental que consta de
46 sinfonías, 20 misas, 178 sonatas para piano, 27 conciertos para piano, 6
para violín, 23 óperas y otras 60 composiciones orquestales y unas tantas obras
perdidas en la farra y en las cartas.
Ni siquiera en la fosa común fue común. Le correspondió ser el número
13 mágico. Su obra es infinita. En el hoy posmoderno apabulla a los buscadores
del más allá de todo. Aunque es claro que todos sabemos que el más importante
legado del maestro, fue su entregada pasión por la música y su mente sin
fronteras que sólo en el éxtasis y el arrebato encontró el alivio.
Publicado en la revista Origina
Publicado en la revista Origina
No hay comentarios:
Publicar un comentario