Por: Miguel Ángel de Bernardi
Shakespeare durante toda su
vida y muchos años después de su muerte estuvo considerado un autor populachero
y de “superficialidad complicada”, al que sólo le interesó entretener a las
masas. Fue hasta el siglo XVIII que la “inteligencia” instituida le toleró,
perdonó y hasta redimió. Al ser
“aceptado”, los cursis lo han convertido en un monumento literario, de esos,
que nadie lee ni monta, pero de quien todos comentan conmovidos y doctos.
El dramaturgo y poeta inglés
nace el mismo día que muere. Nació en Stratford, el 23 de abril de 1564 y ahí
mismo muere el 23 de abril de 1616. Por extraño que parezca, en la vida del
genio todo es natural. El azar o la sincronía lo acompañaron siempre. Quizá por
eso sintió una atracción apasionada hacia lo oculto. Esto lo lleva a
interesarse en el conocimiento de John Dee, astrologo de la Reina Isabel I, y
uno de los hombres más sabios y poderosos de su época. Poca gente lo sabe, pero
por la influencia de Dee, los personajes shakesperianos, poseen signo del
zodiaco y corresponden en sus caracteres y destinos a los cánones astrológicos.
Shakespeare abandonó su ciudad
natal cuando se le acusó de cazar en las propiedades del juez de paz de la
ciudad. Llegó a Londres en 1588 y trabajó como aprendiz de carnicero. Aunque no
resulta poético, ahí surge su pasmo ante la sangre y sus incansables
reflexiones entre la vida y la muerte, entre lo sutil y lo salvaje. Lo que
disuelve y lo que coagula. Premisa netamente alquímica. Carne es una de las
palabras más usadas por el maestro en sus dramas. La aborda como metáfora de
las pasiones terrenas y sus personajes cuando llegan a la crisis, aspiran a que
su carne se disuelva en espíritu.
Sólo le bastaron cuatro años en
Londres para lograr cierto éxito como dramaturgo y actor teatral. La
publicación de sus poemas eróticos Venus y Adonis le dieron alguna reputación
de poeta. La que uso para ascender rápidamente en el mundillo artístico de la
época. A pesar de su timidez, supo obtener el mecenazgo de Henry Wriothesley,
tercer Conde de Southampton. Es natural que al maestro del azar, siempre haya
sido perseguido por el azar. Él fue un tipo tímido y para muchos, gris, absorto
en los astros y los movimientos cabalísticos. A él nunca le importo la triste
opinión de sus contemporáneos. Quizá por eso la fortuna lo acompañó hasta en
sus momentos desafortunados, pues nunca desistió de ser un poeta dramático y
mucho menos de ser aceptado por alguien más allá del público.
El estilo y estructura
shakespeareanos, contienen numerosas referencias del teatro medieval e
influencia de los primeros dramaturgos isabelinos, en especial de Christopher
Marlowe. Este lo instruyó en el teatro de Séneca. Esta influencia se manifiesta
en sus numerosas escenas sangrientas y en su lenguaje colorista y redundante,
muy perceptible en Tito Andrónico.
Se han propuesto numerosas
hipótesis, según las cuales, las obras de Shakespeare fueron escritas por
todos, menos por él. Algunos hablan de Francis Bacon, otros del Conde de
Southampton. Los hay que aseguran con pelos y señales que fueron escritas por
Marlowe, su maestro y más tarde dramaturgo contrincante y rival artístico.
También se ha sospechado que en algunas de sus obras colaboraron otros
dramaturgos, posiblemente Thomas Middleton y John Fletcher. En fin, del genio
todo se sospecha y todo se asegura. Así es como se construye el mito.
Shakespeare consideró que el
nacimiento nos determina. Ese instante en que por primera vez nos enfrentamos
al mundo exterior. A ese espacio abierto y extenso donde se va más allá del
sueño eterno que antes vivimos en el vientre materno. El humano surge del
vientre, es decir, de la cúpula del cosmos. De ese lugar donde se habita lo
eterno y cada instante afloran los mundos subterráneos y misteriosos. Nace a la
realidad racional: a la duda. Es terrible, pues viene de un sitio donde todo es
la certeza del instinto magnético.
Shakespeare estaba convencido
de que nuestro destino inicia su ciclo cósmico cuando en el nacimiento
emergemos de la Naturaleza, representada por la madre. Es ella quien nos
entrega a la existencia. A esta otra forma de vida: la terrena. Él creía que ya
antes hemos vivido de otras maneras. Hemos sido polvo cósmico, vía láctea,
espermas, óvulos: de ahí nuestra contradicción emocional, nuestra duda, nuestro
dramatismo. No hay que olvidar que hemos batallado con millones que, así como
nosotros, también deseaban nacer. Esa lucha biológica ahora se repite en la
disputa por la sobrevivencia emocional, económica, social, profesional y hasta
física. El mismo azar del nacimiento y la muerte, está presente como elemento
determinante en todas las obras del maestro. Es paradójico que su trabajo
poético y dramático, sea un fiel reflejo de su vida imaginaria y su siempre
presentida muerte, pero en los genios todo es paradójico. Asimismo es curioso que dos, de las cinco
palabras que más uso en su obra, fueran muerte y sangre. ¿Será que nuestro
destino esté marcado por esos dos sonidos terribles, y a la vez: definitivos,
transformadores y trascendentes? Con estos antecedentes no es extraño que las
reflexiones de sus personajes constantemente los lleven a la misma conclusión:
¿Por qué yo? Ese por que yo eterno y
efímero que nos ha perseguido a lo largo de nuestra vida. Que ha estado presente
en los soplos de existencia donde la pasión de amor nos hace respirar,
suspirar, inspirar y expirar y sin duda, estará presente en el momento
definitivo y determinante en que nos visite la muerte.
Para Shakespeare Teatro es
sincronía. Una trama unísona donde los acontecimientos dramáticos nos
arrastran. Para él, el Teatro es la exactitud y excelsitud. Con el talento de
la exactitud se nace. Ese no se inventa. Es un lugar exacto que se intuye en el
momento justo. Esa exactitud es un talento muy poderoso que se posee por
destino. Es asunto intuitivo racional, en el que sin pensarlo, se calcula y
presiente el momento exacto, donde ocurrirán las cosas exactas, para que surja
así, la emoción profunda; ya sea en forma de llanto o carcajada. La eterna bifurcación
de la mascara teatral que representa la naturaleza de las emociones humanas.
Durante la representación, son los personajes los que se preguntan y responden.
El publico intenta adivinar o intuye las respuestas y soluciones del conflicto,
pero no reflexiona. Cuando acierta, se siente emotivamente satisfecho. Se
considera sincronizado con el autor, aunque el sueño dorado de ese público
“adivinador”, es ser sorprendido. La
sorpresa es uno de los alicientes y temores de la vida. La parte motora de la
duda. Y así se reinicia el ciclo de los porqués.
En el teatro de Shakespeare, las preguntas surgen hasta que cae el telón,
no antes. Antes solo hubo una ráfaga de emociones que no nos permitían
detenernos a pensar, pues el vivir escénico era más poderoso que nuestra razón.
Es decir, a la hora de crear, Shakespeare es congruente y sigue su eterna
premisa: “El instinto es más poderoso que la razón”.
Una de las características de
los personajes del adorado inglés, es que su pensamiento es la reflexión y la
interrogante. No importa que estén amando u odiando, en una escena de pasión o
terror. Su motor es la reflexión. Es decir, se preguntan y contestan. En eso
consiste su vida y su drama.
Los personajes del maestro son
fanáticos de su destino. Para bien o para mal, pero así son. Shakespeare no los
inventa, los ve; pues otra de las facetas de su genio es que sabe dónde y a
quién ver. Es decir, conoce la clave de la observación. Él como nadie vio y
tradujo los ciclos vitales y emotivos de los humanos. Tan centrados en sus
pasiones y en ese abismo que se despliega entre lo ideal y lo real. Él retrata
de un modo escalofriante la mezcla de gloria y sordidez que caracteriza la
naturaleza humana. Su última obra fue la Tempestad. Que desenlaza en una
alianza entre la sabiduría y el poder. Tal vez después de esta tempestad
económica, cultural y social en que vivimos, sea justo retomar la premisa de la
Tempestad de Shakespeare, y así podamos reconciliarnos a través de una de las
mayores pasiones humanas: El Teatro.
Articulo publicado en la revista Origina
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