Por:
Miguel Ángel de Bernardi
Al poeta Carlos Pellicer lo
conocí una tarde frente al Palacio de Bellas Artes. El calor resultaba
sofocante, quizá tanto como mi incapacidad de entender mi adolecencia. Fui con
la idea de comprar boletos para un concierto. La verdad es que ni siquiera
recuerdo cuál. La ciudad ignoraba a los desesperados, yo le resultaba un
incógnito. Es por eso que decidí guarecerme de la existencia en esos parajes
prohibidos donde el único exceso es el pensamiento.
El maestro de las odas
tropicales caminaba rumbo al Palacio de Bellas Artes, disfrutando ser un
desconocido y a sabiendas que su presencia irradiaba fuerza. Su paso no era
apresurado, pues su eterna duda mística, le daba la potencia de la exactitud.
Yo era un adolecente de catorce años. Alocado e incapaz de controlar mi
energía. Él, un anciano niño, adolescente, eterno de vitalidad poética que
siempre colindaba con los extremos. Emanuel Carbalo, en sus “Protagonistas de
la Literatura Mexicana”, con su acostumbrado acierto lo ha considerado un
exagerado, pero eso me lleva a recordar una ocasión en que el maestro y yo
hablabamos de exageraciones y él me dijo: “Yo soy como es la vida. Si la vez
muy templada, allá tú y tus puntos de referencia. No le temas a la
exagereación, sí a la indiferencia”.
Su píel bronceada despedía
el aroma de la selva. Era un hombre de lima y guanábana. Siempre parecía
emergir de una catarata de aromas y colotres. Era un maestro en cuestiones de
vida, más allá de la Literatura y la pintura que tanto lo apasionaba. Él lo
sabía, se sabia. Atrapaba con los ojos, que resultaban abismo magnético, más
tarde sus palabras, eran vuelo sobre aquel abismo, seguridad y aventura... por
qué no: contradicción. Hablar con él era un peligro excitante, adrenalina,
belleza selvática y fluido energetico que se desbocaba en los ríos de su
energía.
Al final de cada frase,
atrapaba con el aura de su pensamiento. No eran sus ideas, sí su luz que se
transmutaba en ese torrente de frescura que emana de los pensamientos que han
horadado la tierra y ya son el líquido cristalino y potable que brota siendo
manantiales frescos.
Ya me perdí en divagaciones,
pero esa fue su ensañanza. “Un poeta no busca la exactitud, divaga. De pronto
sabe que ha llegado el momento exacto, eso que hemos definido inspíración”.
Regresemos al encuentro con el Maestro. Tres de la tarde, una hora ilusa,
primitiva, no apta para la soledad. Todo era silencio. ¡Tórrido silencio! La
ciudad seguía su trajín siendo perseguida por el chaneque del tiempo. Hubo paz
por un instante. Fue cuando nuestros ojos coincidieron después de mirar
fijamente a la musa que enfrenta el palacio. No me atreví a sostenerle la
vista. Era un hombre de poder. Un sacerdote de la fuerza, un oficiante de del sagfrado
rito de la creación... un chamán más allá de lo cualquier estudio cotidiano.
Asustado caminé rumbo a la
Alameda. A mis espaldas sentí su presencia magnética. Él me dijo con
aristocrática sencillez. Acabamos de verle las nalgas a la mujer más bella de
México. Quiero ser tu maestro. Si lees a Pellicer debes estar bastante
confundido.
- ¿Cómo sabe que leo a
Pellicer?
- Traes bajo el brazo
“Esquemas para una oda tropical”.
No supe qué decirle, pero
sabía que mi amistad con ese gran maestro, sería eterna, pero ¿quién era?
Le pregunté cuál era su
ocupación. Me dijo que era diseñador de Nacimientos. Prometió explicarme
después. Sin que mediara algún trámite, me invitó a comer a la “Copa de Leche”.
La propuesta fue clara: hablemos de marmol y sangre. Tu nombre así lo dispone.
Veamos que te ha heredado Buonarati.
Por sugerencia suya
ordenamos crema de frijol y después cerdo con verdolagas. Al final helado de
vainilla. Durante el café hablamos del sabor de las flores, de los Rosacruces,
apareció la reencarnación. Terminamos sumidos en el misticismo del poeta, en la
intensidad de la vida y del calor. Antes de despedirnos me preguntó: ¿”Qué
haces aparte de usar como pretexto la compra de boletos para un concierto para
huir de la preparatoria? Orgulloso le contesté: escribo poesía.
- Yo también. Que
interesante, tenemos magnetismos afines.
- ¿También escribe poesía..?
- Soy poeta porque no pude
ser futbolista... me llamo Carlos Pellicer y me río así, porque así me gusta.
Mañana por la tarde te espero allí mismo donde nos conocimos para seguir
admirando el trasero de la musa y me leas alguna de tus poesías. Que nunca se
te olvide: soy tu maestro.
Efectivamente se conviertió
en mi maestro. No digo con mi amigo, pues para mí es más importante un maestro
que un amigo. Un día, agobiado por sus males físicos, me dijo: “Soy homosexual,
pero no en un afán femenino como la mayor parte de jotos, yo soy masculino.
Admiro a los hombres y para eso no tengo que ser mujer. Es más difícil elegir a
tus dioses que a tus demonios.
Era feliz colindando la
magia con el terror. Consideraba inevitable el vínculo paralelo entre sus
pasiones y la Naturaleza. Era un Dios que no gobernaba sobre la selva, sino era
resultado de la maquinaria selvática. Una vez escribió en mi cuaderno: “Algo me
dice, que todos los meses de mayo, renaceré pór una horas. No sé si sea el
delirio de la muerte o simplemente el decreto del cosmos, pero así será”.
Nuestra amistad fue breve.
Él murió poco tiempo después. Ese día en un acto ritual quemé las poesías que
había escrito bajo su supervisión. Quise que el humo de mis letras le resultara
un homenaje. Después enterre las cenizas al píe de una palmnera. El maestro me
había enseñado que la inspiración se atrae con rituales de vida. Ese es el
verdadero magnetismo creador y humano.
Guardo su aliento poético,
la fuerza de sus palabras. Su capacidad selvática de exagerar la realidad hasta
convertirla en microcosmos poético que al trasladarse a la mente del lector, le
daba la posibilidad explotar en clorofila. Ante todo guardo la mística que
vivió a través de la Naturaleza y la efímera eternidad de sus letras.
Los poetas de México, a
pesar de su muerte, vibran en el aire, otros vibran a pesar de su vida. Los
muertos saben que algo en el ambiente predice su regreso. Los vivos, preparan
su partida. Unos buscando la gloria del anonimato y otros la plácida lucidez de
la incomprensión. Yo sé, Pellicer me lo dijo: “Un día reencarnare en la piel de
cada ser humano, entonces seré el animal de sus pasiones ”. ¡Gracias Maestro por renacer en mayo y
perdurar por siempre!
Publicado en la revista Siempre
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