Por: Miguel Ángel de Bernardi
Sin duda la metáfora del Juicio Final, nace en el
momento en que el Hombre se inunda de recuerdos. Una imagen, un nombre y hasta
el nombre de un café, detonan la explosión de recuerdos. ¿Acaso el Arte no es
el recuerdo y búsqueda de momentos añorados? A veces en pasado, aquí en le
presente o en el más allá del tiempo.
Por arte de la nostalgia se comienza a ver la
retrospectiva de la existencia. No existe el juicio, sólo la revaloración o el deshecho
de aquellos momentos. Entiendo que sólo hemos vivido fechas, libros, lugares,
personas, y todo lo que en verdad queda, es la emoción por lo existido y lo
ausente, aunque largamente deseado.
¿Cuál es la chispa detonante que enciende la memoria?
La misma de siempre: El recuerdo de aquel gran amor ausente, tal vez el
perdido, ese que se fue sin explicación, aquel que se equivocó, el nunca
encontrado y ese que a pesar de nuestra voluntad... perdura, aunque sea en
presencia y costumbre.
En el hoy es natural encontrar jóvenes que desconocen
el poder del amor y su pasión. Se dedican al arte por supervivencia emocional y
no por vocación. El vacío existencial los abruma y les impide ver más allá de
la neurosis. En el Arte encuentran una razón para ser y sentir. Ya es tiempo de
que se den cuenta que usando su sensibilidad e inteligencia pueden cambiar este
panorama de quejas y activar el instinto de trascendencia. El de ellos y el del
público. Cuando esto ocurra, el conocimiento se transformará en una necesidad
básica, no sólo en una herramienta para la queja y la supervivencia. El arte
será otra vez la energía vital de los pueblos y el máximo recurso de la
sensibilidad e inteligencia, es decir, de la felicidad.
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